Dharma o el sentido de la Vida.

Dharma es probablemente uno de los conceptos más amplios  que nos ha legado la India milenaria y un paradigma de su conciencia holística. La raíz sánscrita de este concepto significa ‘sostener, soportar, apoyar’, por lo que dharma sería “aquello que sostiene”. El pensamiento hindú fue capaz de sintetizar en una sola idea una esencia espiritual que cohesiona lo cósmico y lo individual, lo material y lo espiritual, pues da sentido de unidad a la vida en todas sus manifestaciones, otorgándole un destino común a todo cuanto existe. Todas las cosas fluyen en una misma dirección a causa de dharma. El lugar y la función que le corresponde a cada ser, según su propia naturaleza, se debe a dharma. En un sentido amplio, dharma da el “sentido de existir” a cada ser, tanto a nivel cósmico como en el ámbito de lo particular o individual.

Metafísicamente dharma está inmanente en la raíz misma del Universo y es la causa donde se sustentan todas las leyes, el orden y la armonía del universo. Dharma está detrás del mantenimiento del orden de lo cósmico: el curso de los astros, los sistemas solares y las galaxias; y del orden de la naturaleza: el ciclo de las estaciones que regulan las cosechas y todos los ciclos que ritman los procesos de la vida.

Éticamente el dharma se manifiesta como rectitud moral, la conducta virtuosa, el cumplimiento del deber, y socialmente es el sostén de  la justicia o el orden social.

En ningún caso se trata de un sistema de orden impuesto a las cosas desde fuera, sino de algo que se halla en la naturaleza íntima de cada ser. Dharma hace que cada cosa sea lo que es, es lo esencial de cada cosa. De esta forma podemos hablar del dharma de una galaxia, de una estrella o de un planeta; el dharma de un hombre o mujer, de un filósofo, de un gobernante, de un médico o de un abogado; y el dharma de un país, una ciudad o de una familia. Cada ser de la creación busca realizar su dharma, aquello para lo que está hecho. Por ello, el dharma del agua es fluir y mojar; el del fuego, quemar; el del pez es nadar; el del maestro, enseñar; el del médico, curar; etc. Si el Sol se apartase de su dharma, todos los seres que formamos parte del Sistema Solar moriríamos, al igual que un recién nacido cuya madre diese la espalda a su dharma de madre.

 

Para un occidental medio algo así es complicado de entender. Para él, ciencia, ética y religión son incompatibles; o los vuelos especulativos de la filosofía y la realidad vital de las personas. Para su mentalidad, las ramas del saber están divorciadas; las diferentes culturas enfrentadas; la mente y el corazón, disociados; lo masculino y femenino desintegrados. Con este panorama resulta verdaderamente difícil, por no decir imposible, penetrar en el alma de oriente, cuya concepción del mundo es integradora, conciliadora. Para ellos, la religión, la filosofía, la  ciencia y vida cotidiana, forman una unidad indisoluble. Es por ello que en el seno de las sabidurías de oriente –como la hinduista, la budista o la taoísta-, cuya cosmovisión es holística, la metafísica convive íntimamente con la ética y la moral; y lo espiritual se manifiesta naturalmente en lo material, que es su canal de expresión. Un hindú védico ve, comprende, siente y actúa en un mundo orgánico, en donde la vida y el universo son una unidad, un todo integrado y global.

 

Pero ¿cuál es el dharma del ser humano según el hinduismo? Reconocer su divinidad inmanente y volverse divino. El que conoce lo divino se vuelve uno con Él. Para ello en oriente se proveía al ser humano de las suficientes claves y enseñanzas que le ayudaran a lograr su afán: la autorrealización. Este proceso es muy largo, una vida no alcanza. De ahí que en su la cosmovisión se considera que a través de múltiples encarnaciones volvemos a la escuela de la vida a perfeccionarnos. De ello se desprende que no hay dos personas iguales, por lo que si dharma se manifiesta en cada individuo a través de su naturaleza interna, caracteriza a cada hombre por el grado de desenvolvimiento conquistado por propio esfuerzo a través de sus vidas. En cada vida nos encontramos en un momento individual e intransferible en la escalera de la evolución. Podremos cumplir nuestro dharma si sabemos qué cualidades están ya despiertas en nosotros y cuales se hallan todavía latentes. Nos irá bien en la vida si hacemos aquellas cosas que estamos preparados para hacer. Esto no es baladí, muchos textos repiten la idea de que el cada uno de nosotros debe cumplir el deber (dharma) que le es propio, ya que ocuparse del  deber ajeno está lleno de peligros. Esta naturaleza interna, puesta por el nacimiento físico en un medio favorable para su desarrollo, es lo que modela la vida exterior, que se expresa por medio de pensamientos, palabras y acciones. La inteligencia divina, coloca a cada individuo en aquellas circunstancias que le permitan perfeccionar las cualidades humanas  que nos convierten en seres divinos.

Epícteto, el filósofo romano, que seguramente desconoció la sabiduría de la India, expresó esta idea de la siguiente manera: “Acuérdate que eres actor en una obra teatral, larga o corta, en que el autor ha querido hacerte entrar. Si él quiere que juegues el rol de un mendicante, es preciso que lo juegues tan bien como te sea posible. Igual, que si quiere que juegues el rol de un cojo, un príncipe, un hombre del pueblo. Pues eres tú quien debe representar el personaje que te ha sido dado, pero es otro a quien le corresponde elegírtelo “.

 

 

Antonio Marí

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