El cultivo de la vida interior.

En el último siglo hemos emprendido una carrera vertiginosa de desarrollo  de la Ciencia y la Tecnología. Y desde ese punto de vista podríamos decir que nos ha ido bien. Hemos desplegado una gran cantidad de avances que se han aplicado a la ingeniería, al comercio, la producción, la economía, la comunicación, la salud, etc. En  pocas décadas hemos coronado las cumbres de las principales ciudades con modernos edificios de acero, cristal y electrónica; disponemos de coches con ordenador a bordo; estamos conectados a internet en casa y en el móvil; podemos volar a cualquier parte del mundo en pocas horas o verlo a través del Street View, Google Eath y Panoramio; podemos disfrutar del  cine en 3D y escuchar música HiFi en cualquier lugar.

Pero el brillo de los éxitos no debe obnubilar nuestro entendimiento, pues la misma causa que los ha generado también produjo, por otro lado, atrocidades humanas tales como las guerras, la corrupción, el hambre, la pobreza extrema, la violencia de género, el consumismo, etc., creando terribles desigualdades entre unos y otros. Lo cierto es que,  por poco que observemos y reflexionemos, nos damos cuenta que en alguna parte de nuestro trayecto, las inteligencias responsables de idear y encaminar la ruta que ha seguido la sociedad, a sabiendas o por ignorancia, concibieron un mundo en donde predomina el “tener” sobre el “ser”, los valores externos por encima de los valores internos.

A quien no le ha pasado que al dedicarse en exceso a un aspecto de la vida, como por ejemplo a trabajar, descuidó otros como descansar, divertirse, cuidar las relaciones afectivas, leer o reflexionar. Que nos pase a las personas  es relativamente fácil de comprender, pero le ha pasado también a Occidente como civilización. En la persecución apresurada e insaciable del desarrollo tecnológico y el progreso económico, los occidentales hemos creado un modo de vida acorde. Estamos más preocupados por tener y su opresiva carga de ambición material, por la  adquisición y tenencia de objetos y propiedades, por la obtención de ganancias y por el deseo de poder, que por el ser, el amar, crecer internamente, desarrollarse y  disfrutar de la vida. Ya lo decía Saint-Exupéry en boca del zorro en su Principito: “no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Y es que en lo referente a la vida interior, a nuestros sentimientos más profundos, nuestras creencias y convicciones, a las motivaciones, la procesión va por dentro. En el fondo,  para sentirnos bien, para ser felices, ni todos los adelantos técnicos, ni todas las riquezas y comodidades, son suficientes. Para ser felices es indispensable un básico equilibrio interior, pues la felicidad es una consecuencia de una auténtica y  satisfactoria relación con nuestro ser interior y con la vida.

En el momento histórico que nos ha tocado vivir se dedican la mayor parte del tiempo y de los recursos al desarrollo exterior. Los hombres y las mujeres de conocimiento, los más capacitados e inteligentes, se han consagrado durante mucho tiempo a desarrollar métodos, técnicas y estrategias para lo externo a nosotros mismos en detrimento del ser, del alma.

Sin embargo, si repasamos las páginas de la historia, en otras épocas y sobretodo en Oriente, descubrimos que hubo hombres y mujeres como nosotros que dedicaron tiempo, esfuerzos y dedicación a buscar respuestas en el mundo interior. Se interesaron en averiguar quiénes somos, qué relación tenemos con la naturaleza, qué es la conciencia, cuáles son nuestras debilidades y cuáles nuestras fortalezas, cómo se desarrollan, etc. Cientos de años de tesón, de experimentación, de reflexión, de introspección y de meditación, que dieron como fruto el hallazgo de un sin fin de claves para desvelar esa parte de nosotros que es “invisible a los ojos”. Se gestaron métodos y escuelas de conocimiento que alcanzaron un altísimo avance en la ciencia del alma o de la espiritualidad. Muestra de ello son sus textos que han traspasado el embate del tiempo y todavía están a nuestro alcance.

Cada vez más personas se dan cuenta de que los caminos de Oriente y Occidente se complementan, de que conforman las dos caras de una misma moneda. El primero encarna el camino del corazón y del la búsqueda espiritual y el segundo el camino de la razón y de la conquista de la materia. Durante el siglo XX han sido muchos los que acudieron a las Sabidurías de Oriente en busca de respuestas a nuestros procesos más íntimos. Faltos de mapas y de descripciones sobre los planos psíquico, mental y espiritual, los occidentales encontramos en el Zen, el Taoísmo o el Hinduismo los conceptos, las técnicas y las imágenes que venían a completar las carencias del materialismo mecanicista.

El ser interior siempre estuvo ahí, pero quizá cada día tenemos más herramientas y conocimientos a nuestro alcance para mejorar nuestros diálogos con él y descubrir las formas que existen para que se exprese a través nuestro. El cultivo de la vida interior depende de nosotros, la exterior de las circunstancias.

 

 

Antonio Marí Planells

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